Empieza a leer «Los archivos del trasgo» de Rafael Dieste
26/03/25
SOBRE LA MUERTE DE BIEITO
Fue cerca del cementerio cuando yo sentí agitarse dentro de la caja al pobre Bieito. (De los cuatro porteadores del féretro yo era uno). ¿Lo sentí o fue solo aprensión mía? Desde entonces no podría asegurarlo. ¡Fue un rebullir tan leve…! Como la tenaz polilla que roe, roe en la noche, roe desde entonces en mi magín enardecido aquel suavísimo rebullir.
Pero es que yo, amigos míos, no tenía seguridad y, por tanto —comprended, escuchad—, por tanto, no podía, no debía decir nada.
Imaginad por un momento que yo dijese:
—Bieito va vivo.
Todas las cabezas de los ancianos que portaban cirios se alzarían en un atontado asombro. Todos los críos que venían tendiendo la palma de la mano bajo el gotear de la cera vendrían en remolino a mi alrededor. Se apiñarían las mujeres alrededor del féretro. Se deslizaría por todos los labios un murmurar sobrecogido, insólito:
—¡Bieito va vivo, Bieito va vivo…!
Se callaría el lamento de su madre y sus hermanas, y pronto también, desacompasándose, la grave marcha que sollozaba en los bronces de la charanga. Y yo sería el gran revelador, el salvador, eje de todos los asombros y de todas las gratitudes. Y el sol en mi rostro cobraría una importancia imprevista.
¡Ah! ¿Y si entonces, al ser abierto el ataúd, mi sospecha resultaba falsa? Todo aquel magno asombro se volvería inconmensurable y macabro ridículo. Toda la anhelante gratitud de la madre y las hermanas se tornaría en despecho. El martillo clavando de nuevo la caja sería un sonido siniestro y único en la tarde atónita. ¿Comprendéis? Por eso no dije nada.
Hubo un momento en que por el rostro de uno de los compañeros de fúnebre carga pasó la insinuación liviana de un sobresalto, como si él estuviese sintiendo también el tenue temblor. Mas no fue más que un lampo. Enseguida quedó sereno. Y no dije nada.
Hubo un momento en que casi me decidí. Me dirigí al de mi lado y, protegiendo la pregunta en una sonrisa de broma, deslicé:
—¿Y si Bieito fuese vivo?
El otro se rio pícaramente como quien dice: «Qué ocurrencias tenemos». Y yo amplifiqué adrede mi falsa sonrisa de broma.
También me vi a punto de decirlo en el cementerio, cuando ya habíamos posado la caja y el cura salmodiaba.
«Cuando el cura acabe», pensé. Mas el cura acabó y la caja descendió a la sepultura sin que yo pudiese decir nada.
Cuando el primer terrón de tierra, besado por un niño, golpeó dentro de la cueva en las tablas del ataúd, me subieron hasta la garganta las palabras salvadoras… Estuvieron a punto de surgir. Pero entonces acudió nuevamente a mi magín la casi seguridad del espantoso ridículo, de la rabia de la familia defraudada, si Bieito se encontraba muerto y bien muerto. Además, el decirlo tan tarde acrecentaba el absurdo desorbitadamente. ¿Cómo justificar no haberlo dicho antes? ¡Ya sé, ya sé, siempre se puede uno explicar! ¡Sí, sí, sí, todo lo que queráis! Pues bien… ¿y si hubiese muerto después, después de yo haberlo sentido removerse, como quizá podría adivinarse por alguna señal? ¡Un crimen, sí, un crimen el haberme callado! Oíd ya el rebumbio de la gente…
—¡Pidió auxilio y no se lo dieron, desdichado…!
—Él sentía llorar, se quiso erguir, no pudo…
—Murió de espanto, le reventó el corazón al sentirse descender al hoyo…
—¡Ahí lo tenéis, con la cara torcida del esfuerzo!
—¡Y ese que lo sabía, tan campante, sonriendo ahí como un payaso!
—¿Es idiota o qué?
Todo el día, amigos míos, anduve loco de remordimientos. Veía al pobre Bieito arañando las tablas en ese espanto absoluto, más allá de todo consuelo y de toda conformidad, de los enterrados en vida. Me llegó a parecer que todos leían en mis ojos adormilados y lejanos la obsesión del delito.
Y allá por la alta noche —no lo pude evitar— me fui camino del cementerio, con la solapa subida, al arrimo de los muros.
Llegué. El cercado de un lado era bien bajo: unas piedras mal puestas, abrazadas por hiedras y zarzas. Lo pasé y me fui derecho al sitio… Me eché en el suelo, apliqué la oreja y pronto lo que escuché me heló la sangre. En el seno de la tierra unas uñas desesperadas arañaban las tablas. ¿Arañaban? No sé, no sé. Allí cerca había una azada… Iba ya hacia ella cuando quedé suspenso. Por el camino que pasa junto al cementerio se sentían pisadas y rumor de voces. Venía gente. Entonces sí que sería absurda, loca, mi presencia allí, a aquellas horas y con una azada en la mano.
¿Iba a decir que lo había dejado enterrar sabiendo que estaba vivo?
Así que hui con la solapa subida, pegándome a los muros.
Era luna llena y los perros ladraban lejos.